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José
Augusto Pádua
Profesor
de la Universidad Federal de Río de Janeiro
Miembro
del Consejo de promotores de la Alianza de los Pueblos del Sur
acreedores de la Deuda Ecológica
Uno
de los grandes desafíos que nos espera en el Siglo XXI será el de
superar el mito del crecimiento ilimitado y discutir globalmente cuál
es el patrón de consumo socialmente digno y ecológicamente realista
para todos los seres humanos, considerando el imperativo de que este
patrón sea democrático, o sea, una orientación de dignidad y
sustentabilidad accesible para el conjunto de la humanidad.
Cada
ciudadano de Bangladesh consume en promedio cerca de 1 Kilogramo de
papel por año. El consumo promedio de un ciudadano de Brasil es de
27 Kg. En el Japón y en los Estados
Unidos el promedio de consumo per capita es, respectivamente, de 222
y 308 kg de papel por año. Sabemos que datos en valor promedio son
bastante falsos como imágenes profundas de la realidad. En un país
tan socialmente injusto como es el Brasil, por ejemplo, no es difícil
constatar que el valor medio de 27 Kg. es elaborado a través de la
aproximación entre una pequeña minoría que consume mucho papel y
una gran mayoría que consume poco. Los datos presentados arriba, sin
embargo, sirven como indicadores de la enorme desigualdad existente
en escala planetaria en lo que se refiere al consumo de los recursos
naturales.
Esa
desigualdad, a pesar de manifestarse también, en diferentes grados
de intensidad, a lo interno de cada país, posee una clara separación
Norte-Sur. Un grupo pequeño de países del Norte, cuya población
total no rebasa el 20% de la humanidad, consume cerca del 80% de la
energía y de los recursos naturales, utilizados en el planeta cada
año. Y es responsable, de manera correspondiente, por cerca del 80%
de la contaminación y de la degradación ambiental, producidas en el
mismo período. La crisis ecológica que hoy observamos, por lo
tanto, no es causada por los accidentes ocasionales que tanta
atención despiertan en los medios de comunicación. Es causada por
la presión cotidiana generada por los patrones de producción y de
consumo no sustentable, e irreales desde el punto de vista de un
planeta finito y limitado en sus recursos. La tierra está siendo
destruida por una fracción minoritaria de la especie humana, que
necesita hacer con urgencia un ajuste estructural ecológico.
Uno
de los grandes desafíos que nos espera en el Siglo XXI será el de
superar el mito del crecimiento ilimitado y discutir globalmente cuál
es el patrón de consumo socialmente digno y ecológicamente realista
para todos los seres humanos, considerando el imperativo de que este
patrón sea democrático, o sea, una orientación de dignidad y
sustentabilidad accesible para el conjunto de la humanidad. Se puede
argumentar que un 1 Kg. de papel por año es muy poco, de tal manera
que la población de Bangladesh necesita
consumir más papel para ejercer, por ejemplo, su derecho a la
educación y a la información. Pero tiene sentido consumir 222 y 308
kgs de papel por año?. Es ético vivir en un patrón de consumo que
destruye el espacio colectivo de la humanidad e impide que el
conjunto de la misma pueda vivir en condiciones materiales dignas?
Cuando
examinamos que
poblaciones son estas cuyo patrón promedio de consumo se despegó
del restante de la humanidad, adoptando un modo de vida tan
dilapidador y tan destructivo, vemos la gran concentración del mismo
en los países de Europa Occidental y en aquellos otros países que
son las extensiones más directas de Europa en la geopolítica actual
de la Tierra: Canadá, Estados Unidos, Australia e Nueva Zelanda
(las llamadas neo-Europas). Además de eso es necesario incluir un
país no-europeo que mimetizó los aspectos esenciales de la economía
y tecnología europeas y que desde hace mucho asumió una acción
colonial e imperial sobre otros países asiáticos: el Japón.
Los
estados e instituciones financieras de este conjunto de países se
volvieron acreedores, especialmente en las últimas décadas, de una
enorme deuda financiera adeudada por instituciones y estados de
América Latina, África
e Asia, una deuda que desestabiliza las economías de estos países
y hace inviable las inversiones sociales y ambientales que ellos
tanto necesitan. La idea de la Deuda Ecológica, que nació en
América Latina en los años ochenta y que hoy se ha convertido en un
importante instrumento de debate político en todo el planeta, busca
cambiar los términos de esa cuestión, poniendo en la mesa aspectos
profundos y evidentes de la historia moderna que precisan ser
considerados antes que los meramente monetarios (sujetos a tantas
manipulaciones contables y artificialidades especulativas).
En
primer lugar, existe una deuda ecológica histórica. El gran
enriquecimiento material y la elevación descontrolada de los
patrones de consumo de los países del Norte no pueden
ser entendidos fuera del legado del colonialismo y del imperialismo.
Fue a partir de la dominación colonial, de la enorme transferencia
de riquezas y explotación predatoria de los recursos naturales y
mano de obra esclavizada, que Europa pudo dar el gran arranque
económico que la enriqueció de manera notable y que después se
difundió por las neo-Europas. El exterminio de poblaciones
originarias, la apropiación indebida de tierras y el mantenimiento
de patrones de intercambio injustos e impuestos por la fuerza
caracterizan el emprendimiento colonial moderno. Un ciudadano de la
Europa de hoy no puede decir que nada tiene que ver con la
explotación llevada por sus antepasados, pues sin ésta explotación
Europa y las neo-Europas no podrían ser lo que hoy son.
Existe,
por otro lado, una deuda histórica actual, que aumenta cada día.
En primer lugar a través de la continuidad de proyectos agresivos de
explotación de los recursos naturales del Sur que destruyen
ecosistemas y modos de vida de poblaciones locales. Los lucros son
privatizados y globalizados, en tanto que la destrucción es
socializada y localizada. Quién va a pagar por eso? En segundo
lugar, es necesario considerar un factor todavía más profundo. Para
adoptar patrones dilapidadores de consumo, las poblaciones del Norte
invadieron el espacio ecológico común del planeta, que es una
herencia colectiva de la humanidad. El calentamiento global de la
atmósfera es un claro ejemplo de ese hecho. Los patrones de consumo
dominantes en el Norte están deteriorando el clima de las diferentes
regiones. Quién está pagando por esa super-ocupación del espacio
ambiental de la Tierra por un grupo pequeño de países? Cuál sería
el valor monetario de esa ocupación? Quién debe a quién en verdad?
En
el año 2000, la creación de la Alianza de los Pueblos del Sur
acreedores de la Deuda ecológica generó un espacio social para
estimular el debate sobre el tema de la Deuda Ecológica y subvertir
el carácter exclusivamente monetario que hoy domina la negociación
sobre las deudas. Lo que necesita ser negociado políticamente, de
hecho, es la supervivencia de la humanidad. Y esa negociación
necesita tomar en cuenta todos los aspectos de la historia moderna.
La deuda ecológica es un dato real de esa historia, que en gran
parte puede ser cuantificado ( a pesar de no querer caer en la trampa
de buscar su monetarización). Sin su enfrentamiento político será
imposible buscar un futuro sustentable para la colectividad humana.
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