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Finanzas y moneda
internacionales al servicio del ser humano
Una propuesta desde la utopía
Alberto Acosta
14 de junio del
2009
“Ya lo ves, señor Nicetas -dijo Baudolino-,
cuando no era presa de las tentaciones de este mundo, dedicaba mis
noches a imaginar otros mundos. Un poco con la ayuda del vino, y un
poco con la de la miel verde. No hay nada menor que imaginar otros
mundos para olvidar lo doloroso que es el mundo en que vivimos. Por lo
menos, así pensaba yo entonces. Todavía no había entendido que,
imaginando otros mundos, se acaba por cambiar también éste”.
Humberto Eco
“Sean
realistas, pidan lo imposible”,
Graffiti, Paris, mayo de 1968
A lo largo de la historia del
capitalismo las crisis se han sucedido una y otra vez. Su explicación
radica en la inestabilidad propia de este sistema, Su evolución -atada
a las demandas de reproducción y acumulación del capital- es cíclica,
con sus fases de auge y de posterior declinación. Esto nos obliga a
superar las lecturas superficiales concentradas en las efervescencias
financieras. Esas burbujas, en realidad, ocultan, al menos por un
tiempo, los problemas estructurales del proceso de acumulación. Y no
sólo eso, estas fases de predominio especulativo sirven para garantizar
elevados niveles de acumulación del capital cuando el aparato
productivo ha entrado en una fase declinante de sus tasas de ganancia,
nos recuerda Jürgen Schuldt.
Cabe anotar, sin adentrarse en
el análisis de de este tipo de crisis, que en su raíz se fraguan los
cambios tecnológicos, que casi siempre han acompañado la recuperación
de la economía mundial desde los centros. La nueva revolución
tecnológica, vale reconocerlo, era esperada desde hace dos décadas.
Hasta ahora, sin embargo, el sistema capitalista no ha encontrado esa
ansiada respuesta al relevo tecnológico; esto constituye uno de los
retos fundamentales para su sobrevivencia.
Por otro lado, la actual crisis
económica tiene una serie de facetas sincronizadas que no se agotan en
el ámbito financiero, sino que se manifiestan en lo ambiental, lo
energético, lo alimentario, quizás como antesala de una profunda y
prolongada crisis civilizatoria. Todo esto hace cada vez más compleja
una solución. Y por cierto, el sistema que emerja de la crisis será
diferente al actual, lo que no necesariamente significa que será mejor.
Simultáneamente debemos tener
siempre presente que la factura de estas crisis se traslada, en un
elevado porcentaje, a los sectores medios y pobres del mundo
desarrollado, pero sobre todo a las economías empobrecidas por el
sistema.
Desde esa perspectiva, la solución de
los problemas inmediatos, derivados de esta crisis múltiple, es urgente
y a la vez muy compleja. Hay que impedir que el comercio mundial se
detenga de forma abrupta. Eso agravaría aún más las condiciones de vida
de amplios sectores de la población. Por eso hay que tratar,
simultáneamente, de ayudar a garantizar el mayor número de puestos de
trabajo y sobre todo las inversiones que benefician a los sectores más
desprotegidos de la población mundial. Y al mismo tiempo habrá que establecer bases sólidas para enfrentar esta
serie de retos diversos e interrelacionados -económico, ambiental,
energético, alimentario- que amenazan a la humanidad. Por ejemplo,
tratar de recuperar el aparato productivo simplemente canalizando
ingentes sumas de dinero a las grandes empresas (industria automotriz),
esperando retornar a la senda perdida por los desajustes financieros,
sin cambiar los patrones de consumo, podría agravar otros problemas de creciente
significación: ambientales, energéticos, alimentarios…
En síntesis, no se puede reducir
la atención a los temas coyunturales. El mundo debe contar con una
estrategia que permita sentar las bases estructurales para el cambio,
aprovechándose inclusive de las actuales dificultades coyunturales y
por cierto de las debilidades relativas de los centros de poder
mundial. Este cambio no surgirá si se espera simplemente que los países
desarrollados resuelvan sus problemas, olvidando el carácter
interdependiente y desigual de la economía internacional.
Esta estrategia, que surge desde
visiones utópicas, se fundamenta en la realidad del todavía vigente
sistema capitalista y en la imperiosa necesidad de impulsar el Buen
Vivir en el mundo; es decir la vida armónica entre los seres humanos y
de estos en la Naturaleza; una vida que ponga en el centro la
autosuficiencia y la autogestión de los seres humanos viviendo en
comunidad. Un esfuerzo que también debería abrir la puerta a un proceso
soluciones mundiales urgentes, como podría ser un desarme masivo para
destinar esos recursos a satisfacer las necesidades más apremiantes de
la humanidad. Es decir, el esfuerzo debe estar centrado en “las
sustancias” (Ana Esther Ceceña), antes que en las formas (instituciones
o regulaciones). Ese es, en definitiva, el gran desafío de la
humanidad.
Esto implica tener en mente un cambio
de era. Habrá que superar la postmodernidad, en tanto era del
desencanto. Habrá que superar la idea del progreso entendida como la
permanente acumulación de bienes materiales, tecnológicos y de
conocimiento al tiempo que se rescatan las utopías. Esto implicaría
fortalecer los valores básicos de la democracia: libertad, igualdad,
equidad y ciudadanía. ¿Será
posible que a partir de la actual crisis se procese una nueva
organización civilizatoria para hacer realidad dichas transformaciones,
que permitan reconstruir -potenciando lo local- otro tipo de Estados
nacionales, renovados espacios regionales, para desde allí construir
democráticamente espacios globales democráticos? Esto implicará la
construcción de una nueva forma de vida más responsable con los seres
humanos y, en consecuencia, con la Naturaleza.
Las ideas que se exponen es
estas páginas buscan simplemente abrir la puerta al debate.
De la gran discusión mediática a una
propuesta política
La gran discusión, sobre todo en la actualidad,
se erige en torno a la idea de que resueltos los problemas financieros,
la economía mundial volverá a su cauce normal. En los últimos años, una
y otra vez, la economía internacional, sobre todo norteamericana
superó, al menos temporalmente, los problemas atados al mundo
financiero. Hay quienes esperan, entonces, que más pronto que tarde las
cosas vuelvan a su normalidad. Por eso hay voces que anuncian el fin de
la crisis, aún cuando ésta sigue afectando a cada vez más sectores y
personas.
Como su superación no sucederá
fácilmente y sus consecuencias se sentirán en diversos ámbitos, quizás
por mucho tiempo, es preciso empezar a pensar en soluciones
estructurales. Aún en el supuesto de que lo peor de la actual crisis
financiera fuera superado en poco tiempo, bien vale la pena imaginar otro mundo para
terminar de cambiar éste. Entre las muchas tareas que habrá que asumir
en todos los ámbitos de acción estratégica, -global, regional, nacional
y por cierto local-, es hora de construir una propuesta de sistema
financiero internacional, que no simplemente viabilice un
funcionamiento más racional del sistema capitalista, sino, en última
instancia, contribuya a su sustitución por otro sistema civilizatorio.
Esto nos lleva a una conclusión simple: el objetivo no es recuperar el
sistema financiero, éste es apenas una herramienta.
El punto medular de esta
propuesta radica en diseñar y aplicar una solución con un enfoque
integral. Parches o simples mejoras a las normas e instituciones
existentes apenas postergarían el aparecimiento de nuevas situaciones
críticas. Para lograr dicha globalidad se debe incorporar a todas las
categorías de actores. No es suficiente (¡ni tolerable!) que sólo
intervengan los países más ricos: G-7, G-8, G-20, menos aún las
instituciones financieras internacionales.
En este punto, reconociendo que la crisis internacional tiene su
origen en los países centrales, habría que tener presente las medidas
asumidas por los países más poderosos, en el seno del G-20, para
“ayudar a los países a amortiguar el impacto de la crisis financiera en
la actividad real y a limitar las repercusiones en la pobreza, sobre
todo en las economías en desarrollo” (Global Financial Stability
Report, abril 2009).
La reunión del G-20 en Londres,
a inicios de abril del 2009, supuso no sólo otro intento más por dar
respuestas a la desbordante crisis. Más allá de las fotos y las serias
sonrisas de los líderes del grupo de países que componen el G-20, se
tomaron algunas decisiones que deben ser necesariamente analizadas por
sus implicaciones en muchos países del mundo.
La primera y principal medida de
dicha reunión -a principios de abril del 2009- fue basada en la receta
de más suero monetario; cuadriplicaron la capacidad financiera del FMI
y del séquito de instituciones financieras internacionales que son las
mismas que, como mínimo, podemos afirmar que han permitido esta crisis
(por no decir que la han provocado). Se decidió inyectar una enorme
cantidad de dinero al FMI, triplicando su capacidad de préstamo
(750.000 millones de dólares) y autorizar un incremento sustancial de
la emisión de sus Derechos Especiales de Giro (DEG), por un valor de
250.000 millones de dólares.
En esta misma línea de revivir y
fortalecer estas instituciones, se ha decidido capitalizar al Banco
Mundial y al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) con 100.000
millones de dólares. Se supone que buena parte de esa enorme masa
monetaria, que recibirán el Banco Mundial y el FMI, estará destinada a
conjurar la crisis en los países del Este y que una pequeña porción irá
a los llamados países emergentes, que deberán financiarse con sus
reservas o bien con un nuevo ciclo de endeudamientos con el FMI y otros
organismos muntilaterales. No obstante, estos préstamos no serán
gratis. Ya se han aplicado las famosas condiciones de “austeridad” en
los créditos a Pakistán, a El Salvador y a los países del Este de
Europa, en contraposición con las medidas keynesianas de quienes
prestan. Se exige austeridad apelando a muchas de las medidas del
decálogo del Consenso de Washington (por ejemplo, ajuste fiscal) al
prestatario, mientras que el prestamista tiene autorizado el déficit
fiscal.
Concretamente, los gobiernos de
los países más ricos aceptaron poner en marcha planes de estimulo
fiscal por montos enormes en sus economías. Existe alguna diferencia
sustantiva entre las medidas del Consenso de Washington y el Consenso
de Londres, formulado a partir de la reunión del G-20. Antes, al menos
en el ámbito fiscal, se intentaba predicar con el ejemplo, ahora no.
Evolucionamos a un escenario capitalista aún más hipócrita. Una vez
comprobado que las medidas de antaño no funcionaron, ahora se permite
que los países ricos (centro neurálgico de la crisis) ya puedan
emprender otras políticas, pero los países de la periferia deben seguir
funcionando con la misma lógica ya fallida.
Otra medida tomada fue la
intención de destrabar la Ronda de Doha y reflotar la Organización
Mundial del Comercio (OMC) para tratar de evitar que el comercio
mundial siga cayendo y frenar el proteccionismo creciente. No obstante,
en la práctica, son muchas las medidas que van en sentido contrario en
Estados Unidos y en Europa, particularmente.
La esperada reforma del FMI no
se produjo. El FMI salió reforzado en sus vigentes medios de decisión,
continuando con el mismo sistema de votación: Europa continuará
detentando el 32% de los votos y los Estados Unidos el 16,8%. No habrá
nueva configuración del poder mundial. No habrá mayor peso de China,
India y Brasil en la toma de decisiones. Todo fue postergado hasta la
primavera del 2011.
Cabe prestar atención al
particular criterio para conformar el G20, porque no son los 20 países
más ricos, sino que está conformado por algunos países semi periféricos
-por ejemplo, Brasil y Argentina, para mencionar los dos más grandes de
América Latina-, pero muy estratégicos de cara a frenar la creación de
bloques regionales. La presencia de Argentina, en el puesto 30 por su
PIB nominal, parece ser una interesante táctica para cooptar cualquier
proceso de integración que se pudiera dar en América del Sur. Lo mismo
sucede con Sudáfrica (puesto 31 en su PIB nominal). El tablero
geopolítico está en juego, y parece más ventajoso para el nuevo
gobierno global dejar fuera a países como España (noveno país en cuanto
a PIB nominal) o a los Países Bajos (puesto 16) a cambio de introducir
a países de la periferia o semi periferia con la intención de trabar
cualquier planteamiento alternativo que pueda surgir desde nuevos marco
de integración (por ejemplo, la Alternativa Bolivariana para América
Latina y el Caribe, ALBA).
En estas complejas condiciones,
el esfuerzo, por más difícil que parezca, debería darse desde la
estructura de Naciones Unidas, la única capaz de representar una
soberanía internacional colectiva; siempre y cuando esta organización
experimente una profunda reestructuración democrática; en la actualidad
este organismos no es garantía para sostener respuestas efectivas y de
largo aliento. Recordemos que, sobre todo en la última época, cuanto
más poder y cuanto más influyentes son las instituciones mundiales,
menores son los controles y los espacios de toma de decisiones
sustentados en prácticas democráticas (Véase el FMI, el Banco Mundial o
el Banco Interamericano de Desarrollo - BID).
Por eso es indispensable contar
con instituciones internacionales democráticas y comprometidas con el
Buen Vivir de todos los pueblos. Los países poderosos, lo demuestra la
historia, intentarán siempre velar por sus intereses a costa de los
países más débiles, y conforme alcanzan más poder utilizarán los medios
necesarios para garantizar su bienestar, incluyendo el uso de la
fuerza… La historia nos demuestra hasta la saciedad, como lo anticipó
hace más de 150 años, Friedrich List, que su estrategia ha sido la de
“patear la escalera”, para impedir que los países subdesarrollado
alcancen el pedestal conseguido por los países ricos utilizando la
misma senda que les resultó exitosa. Por eso hay que impedir que la
institucionalidad internacional (incluyendo aquellas en el ámbito
regional) sirva para que los países poderosos controlen la economía y
por cierto la política mundial. Las instancias de control internacional
no pueden ser mecanismos de dominación per se.
La solución tampoco pasa por hacer lo
mismo que antes, aunque fuera con un comportamiento ético mejorado. La ambición de unos cuantos Estados y de las
empresas transnacionales siempre estará presente. Hay que pensar y
hacer algo distinto.
No hay que esperar el concurso de los
actuales organismos internacionales, particularmente Banco Mundial, FMI
y BID. Ellos son corresponsables directos de la crisis, sea por acción
o por omisión.
Cambiar las actuales estructuras
de poder puede tener muchos caminos. Quizás son necesarios liderazgos
colectivos -“ilustrados” y “humanistas”- para abrir la puerta a una
etapa, que aborde la construcción de una nueva sociedad. Es decir, se
requiere una batalla con las instituciones como mecanismos, pero en lo
profundo es una guerra de ideas y de ideales.
En definitiva, hay que crear las
condiciones para que los gobiernos de todos los países, con el concurso
de su propia sociedad civil, sean sujetos en la construcción de un
nuevo sistema financiero internacional. No debe quedar ningún actor
fuera del proceso. Los organismos multilaterales, repensados
íntegramente, deberán cumplir la tarea que les asigne la comunidad
internacional.
En este punto debe quedar
absolutamente claro que no se trata de construir una nueva arquitectura
financiera internacional tecnocrática. El punto de partida es
replantearse integralmente la lógica económica. El ser humano, como
parte integrante de la Naturaleza, y por cierto la Naturaleza misma,
deben estar por sobre la lógica de acumulación de capital. La lógica
política debe primar sobre las demandas del mercado, los gobiernos
democráticos sobre las empresas transnacionales. Y la concepción de
esta estrategia de cambio debe basarse en los Derechos Humanos
-políticos, económicos, sociales y culturales-, así como en los
Derechos de la Naturaleza.
La pregunta de fondo es cómo
hacer realidad los cambios indispensables; es decir cómo cristalizar
las nuevas instituciones y regulaciones globales, inspiradas en una
renovada lógica económica, sabiendo que los grupos de poder mundial no
están dispuestos a ceder sus privilegios. Hasta poder cristalizar
propuestas globales sólidas y duraderas, hay que trabajar en la
construcción de organismos regionales que sean la base de la nueva
institucionalidad mundial. Los países vecinos, que tienen mayores
afinidades entre sí, asociándose entre ellos, pueden conseguir sus
propósitos y regular sus relaciones productivas, financieras,
comerciales, laborales, migratorias, ambientales, tecnológicas y por
cierto políticas.
A nivel internacional cada uno de
estos espacios regionales tendrá que interrelacionarse en un sistema de
nodos, procurando minimizar el peso de una instancia única mundial
dominada por pocas naciones. El resultado sería provocar una
fragmentación del poder mundial concentrado, al tiempo
que el mundo se deconstruye. Así se neutralizaría, al menos en parte,
el exceso de poder de unos pocos países sobre el resto.
Hacia la constitución
de un Código Financiero Internacional
El mundo requiere un marco
jurídico regulador del sistema financiero: un Código Financiero
Internacional acordado por todos y al que se acojan todos los actores
sin excepciones. Esta solución tiene que ser internacionalmente pactada
para ser reconocida. Además, deben establecerse condiciones positivas
para frenar o al menos aminorar los impactos negativos que se
desprenden de la evolución cíclica del sistema capitalista.
Este Código, que aparece
asociado a una resolución equilibrada de diferencias, debe abrir la
puerta a un sistema que funcione como la suma de mecanismos reguladores
de todas las transacciones financieras. Habrá que garantizar
transparencia en todas las operaciones, así como un esquema de
información igual de transparente y abierto para la calificación de
riesgos crediticios, al margen de los que han monopolizado ese
subsector.
La piedra angular de esta propuesta
global radica en la construcción de este Código (que
podría empezar a configurarse con una serie de códigos regionales).
Este, a su vez, debería garantizar que la neutralidad no sea del
territorio en referencia de un país determinado, por más influyente y
neutral que fuese, ni dónde se establece el tribunal, sino del código
jurídico. Los códigos jurídicos existentes hasta la fecha corresponden
a la territorialidad de los acreedores por el tema de la ejecución de
garantías, por ejemplo. La neutralidad del código debe asegurar la
protección de todos los actores.
Lo que se propone, para evitar la
figura de “tomar partido”, es que la jurisprudencia de un actor no sea
la que se imponga sino una jurisprudencia internacional.
No es aceptable, dentro
del derecho internacional, que, por ejemplo, los diversos instrumentos
financieros sirvan como herramientas de presión política para que un
Estado grande o una instancia controlada por pocos Estados poderosos,
impongan condiciones (con frecuencia insostenibles) a un Estado más
débil, como las que se dieron a través del manejo de la deuda externa y
del consiguiente ajuste estructural. Tampoco el pago de la deuda
externa puede ser un freno para el desarrollo humano o una amenaza para
el equilibrio ambiental. En este conflictivo ámbito de la deuda
externa, no sólo estaría en la mira la resolución de los problemas del
endeudamiento, sino el nacimiento de un sistema económico mundial más
estable, sustentable y equitativo que redunde en beneficio de toda la
humanidad.
La pretensión de sobreproteger a las inversiones extranjeras, sobre todo a las
especulativas, resulta también inadmisible en la medida que frena las
posibilidades de desarrollo autónomo de los países empobrecidos por las
propias relaciones financieras internacionales. Los sistemas de
arbitraje internacional, como el Centro Internacional de Arreglo de
Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), dependiente del Banco
Mundial y al servicio de los intereses transnacionales, deberían ser
sustituidos por esquemas regionales de arbitraje y control de las
inversiones extranjeras; esquemas diseñados y manejados por los propios
países de la región. Además, las inversiones extranjeras directas deben
regirse por criterios sociales y ambientales. No es posible que se
quiera dotarles de marcos jurídicos protectores superiores a los de los
inversionistas locales, incluso equiparables a los de los propios seres
humanos...
En el marco de este Código,
también hay que desarrollar diversos mecanismos de control de los
flujos de capital a nivel internacional, como podrían ser la
introducción largamente esperada del Impuesto Tobin. No puede faltar el
impuesto Daly a la extracción de petróleo crudo u otros productos que
afecten a la biodiversidad y el ambiente. Con los recursos que se
obtengan de estas iniciativas se establecería un Fondo Fiduciario
Mundial de Inversión con funciones de redistribución y transferencia,
incluyendo entre sus tareas, acciones para prevenir cualquier tipo de
ataque especulativo en contra de los países más vulnerables.
Por igual, es cada vez más urgente la
desaparición inmediata de todos los paraísos fiscales, en donde se concentran muchas veces
los capitales golondrina que alientan la especulación financiera
internacional e, incluso, los recursos mal habidos productos de la
corrupción. Es dinero de la corrupción, en sentido estricto,
bien por venir de negocios ilícitos, o bien por la voluntad inequívoca
de no pagar impuestos, yendo en contra de la redistribución y la
justicia social. En la misma
senda de acciones habrá que resolver los retos que se derivan del
narcotráfico, reconocida fuente de acumulación de capitales
especulativos (Un adecuado control y despenalización del consumo de las
drogas no pueden ser desechado).
Habría que dotar al sistema
económico internacional de redes de seguridad e información regionales
para no tener que “disfrutar” de las crisis recurrentes. Para lograrlo
se precisa un sistema de prevención de crisis y de minimización de los
riesgos que éstas implican, con redes de contención de
los peores efectos de este tipo de crisis. Pero estas redes tendrían
que crearlas los países de América Latina y el Caribe, Asia, África y
Europa misma, desde el ámbito regional, al menos mientras no existan
las condiciones democráticas para impulsar una reinstitucionalización
del mundo desde espacios globales.
Un corolario de este proceso en
ciernes es que el derecho penal internacional debe de incorporar -en un
ejercicio continuado de globalización del derecho[11]- cláusulas de penalización a la corrupción de
carácter internacional con castigos severos para todas las partes
involucradas. Estableciendo, además, mecanismos de compensación para
aquellos actores que han sido dolosamente perjudicados o estafados. En
suma, se precisa construir una situación global de derecho.
Hacia un Banco Central
Mundial
La creación de un Banco
Central Mundial es indispensable. Sería un banco que no tendría
absolutamente nada que ver con el Banco Mundial o el FMI. Tampoco se
prevé una entidad que limite la soberanía económica de los países. Este
Banco Central Mundial tendría varias tareas clave, como la de normar la
emisión de una moneda global (por
ejemplo a través de un Sistema de Derechos Especiales de Giro -SDR, por
sus siglas en inglés- ampliado, con emisiones periódicas y reguladas) o de una
canasta de monedas globales para el funcionamiento de las relaciones
económicas mundiales. Otra de las
funciones de este nuevo Banco sería la de actuar como un consejo de
coordinación internacional en el ámbito monetario y financiero,
particularmente.
Debe quedar claro que no se trata de
construir un nuevo Bretton Woods; aquel sistema que nació a mediados
del siglo pasado y que propulsó al dólar como moneda mundial. Tampoco
está en la mira simplemente la construcción un organismo internacional
de supervisión financiera internacional, tal como lo propone la
canciller alemana Angela Merkel, apoyada por Joseph Stiglitz, Premio
Nobel de Economía.
Para erradicar gran parte de los problemas
financieros y monetarios existentes, el mundo debe liberarse de las
ataduras del dólar. Un solo país, por más fuerte que sea, no puede ser
más el regulador de los principales flujos financieros gracias al
monopolio de la emisión monetaria.
Si se mantiene la primacía monetaria de un
país, por más poderoso que sea, no se conseguirá sentar las bases para
soluciones duraderas. Así, dentro de una canasta de monedas, en ningún
caso es conveniente que exista una moneda de un país que resulte
dominante, pues eso mantendrá las estructuras inequitativas y las
tendencias de volatilidad e inestabilidad asociadas a la desigualdad.
Este punto es crucial. Si no se resuelve este reto, los problemas
económicos mundiales se mantendrán latentes. Y seguiremos atrapados por
estructuras políticas desiguales y concentradoras.
En este punto cabe una advertencia. La evolución
del dólar norteamericano presenta una serie de aspectos preocupantes.
Más allá de la reciente (aparentemente incomprensible) revaluación del
dólar, hay que estudiar lo que podría suceder con una moneda que está
sujeta a presiones inflacionarias por efecto del multimillonario
salvataje de sus bancos y varias empresas industriales a cargo del
gobierno estadounidense.Además,
no se pueden ocultar los problemas que atraviesa la economía de los
EEUU atrapada por dos déficits mayúsculos: fiscal y comercial; una
economía que enfrenta un endeudamiento monumental (superior ya a los 11
billones de dólares), así como la quiebra de varios bancos y que tiene
a su industria automotriz al borde del colapso.
Una de
las tareas de un Banco Central Mundial podría incorporar también lo que
J. M. Keynes propuso en Bretton Woods: un sistema en que aquellos
países con superávit aportan y los países en déficit reciben
automáticamente para buscar un mayor equilibrio económico. Cabe
impulsar, al inicio, una nueva emisión de SDR, que serían distribuidos
-sin ataduras ni condiciones- sólo entre los países subdesarrollados,
mientras que los países ricos renunciarán a aquellos SDR que les
corresponderían en dicha emisión.
El
Banco Central Mundial, en tanto espacio de compensación, acumularía
recursos en tiempo de bonanza, para emplearlos en épocas de crisis,
beneficiando a las poblaciones afectadas y no a los bancos causantes de
la debacle, como sucede en la actualidad.
Para
lograrlo, es necesario que este Banco Central Mundial, así como los
nuevos organismos rectores del sistema financiero sean realmente
instituciones especializadas de unas Naciones Unidas democratizadas. El
FMI y el Banco Mundial (no se diga el BID en América Latina y el
Caribe) han fracasado; no tuvieron ni la eficiencia, ni la relevancia
requerida para anticipar la crisis, tampoco podrán resolverla. Han
actuado como simples mandatarios de las grandes potencias y del gran
capital. Han sido actores destacados en el montaje del casino
financiero mundial, impulsando la liberalización y desregulación de los
flujos financieros y de capitales. Nada han dicho, ni hecho para frenar
el sobreendeudamiento de los países más ricos. Invadieron espacios para
los que no fueron creados, sobre todo en el comercio mundial y en el
desarrollo, en el caso del FMI. Ahora hay que impedir que estos
organismos, aprovechándose de la crisis, pretendan volver a someter a
los países subdesarrollados con un nuevo ciclo de endeudamiento y
condicionalidades.
Estas
instituciones expresan los intereses de los actores de mayor poder
económico actuando bajo un doble
rasero: por un lado, facilitan la acumulación ilimitada de ganancias a
los inversionistas del Norte, incluso haciéndose de la vista gorda
mientras lucraban desmedidamente especulando, y por otro lado, a los
países del Sur les imponen medidas de ajuste bajo el argumento de
garantizar la “estabilidad económica mundial”. Este accionar, en
realidad, ha exacerbado los procesos descontrolados de acumulación del
capital y por cierto la acción de los operadores de fondos
especulativos que han actuado irresponsablemente, como producto de los
esquemas de desregulación y liberalización desplegados sobre todo en
las últimas décadas, bajo la égida de dichos organismos
internacionales.
Parte del problema radica en la ausencia de
controles democráticos sobre los organismos multilaterales. Los
organismos financieros internacionales aparecen como inimputables. Se
encuentran por encima de todas las leyes y de todos los controles. Es
más, imponen cláusulas cruzadas, actuando de manera colusoria en forma
perversa y hasta dolosa. Todo esto es inaceptable en un mundo más
integrado donde se propone la democracia como el sistema de gobierno.
Por lo tanto, debe quedar claro que no sólo se requieren cada vez
mayores volúmenes de recursos financieros para trasladarlos a los
países empobrecidos. De lo que se trata es de organizar otra economía,
no simplemente de cambiar las reglas de juego.
Estos organismos internacionales, con nuevos y
precisos marcos de acción, deben rendirle cuentas a la Asamblea General
de las Naciones Unidas, la que, a su vez, podría servir para canalizar
las demandas nacionales sobre estos organismos. Los espacios de control
regional también deberán ser adecuadamente estructurados; es preciso
apoyar, también, la creación de nuevos entes regionales que asuman esta
tarea, como podría ser el caso de la Unión de Naciones Suramericanas
(UNASUR) o mejor aún una Organización de Estados Latinoamericanos y
Caribeños (OELAC).
Incluso
deben diseñarse y constituirse mecanismos internacionales e instancias
de sanción a los organismos internacionales y sus funcionarios. Esto
moderará la actitud irresponsable que actualmente tienen estas
instituciones frente a los problemas de las economías con las que
trabajan. La impunidad ha sido la regla…
A nivel regional, desde donde en realidad se
debería disputar el sentido histórico de los cambios globales, las
propuestas afloran con creciente intensidad. Desde estos espacios
regionales se podría empezar, entonces, a conformar la nueva
institucionalidad mundial.
En América Latina, de la conformación del Banco
del Sur y un Fondo de Estabilización del Sur, se ha pasado a pensar en
un Sistema Unitario de Compensación Regional (SUCRE), que facilite los flujos comerciales regionales
y aliente una progresiva desdolarización de las relaciones comerciales
y financieras interregionales. Esta iniciativa podría ser la antesala
de un sistema monetario y financiero regional, la que debería ser
complementada con su propio código financiero. Esta sería la base para
una reorientación de los flujos comerciales de los países
latinoamericanos y caribeños hacia la misma región. Incluso la
mencionada emisión especial de SDR podría coadyuvar para fortalecer el
comercio regional, liberándolo de las ataduras del dólar.
En Asia, una iniciativa del ASEAN en apoyo del
Japón, propuso hace un par de años una serie de acuerdos bilaterales
para asegurar la cooperación financiera regional de apoyo a las
balanzas de pagos de los países miembros; también planteó la creación
de un fondo monetario asiático, que incluiría una unidad monetaria
regional para viabilizar el comercio intraregional y una cámara de
compensación diseñada para asegurar el intercambio de las monedas de
los Estados asociados.
La misma experiencia de la Unión Europea, con
todas sus limitaciones, ofrece una multiplicidad de lecciones para la
construcción de espacios regionales sobre los que debería sustentarse
el nuevo sistema financiero mundial.
Reconozcamos, que, por lo pronto, muchas de
estas iniciativas regionales no han logrado convertirse en realidad. En
América del Sur las propuestas formuladas en años recientes, en
estricto apego a la verdad, aún no han superado el nivel discursivo.
Incluso en Europa, a pesar de todos los avances en la conformación de
una economía regional, que cuenta con una moneda común para gran parte
de sus miembros, las respuestas frente a la actual crisis económica no
han sido unitarias y menos aún internacionalmente trascendentes, como
se podía haber esperado.
Propuestas existen. Discursos sobran.
Falta todavía la voluntad política para cristalizarlas…
Hacia un Tribunal
Internacional de Arbitraje de Deuda Soberana
En este punto, para abordar uno
de los temas más complejos en el mundo financiero, se precisa lo antes
posible la creación de un Tribunal Internacional de Arbitraje de Deuda
Soberana, en los términos propuestos por Oscar Ugarteche y el autor de
estas líneas.
Todos los organismos internacionales,
como el FMI y el Banco Mundial , deben dejar de ser espacios de decisión sobre acuerdos de
reestructuración de deudas en donde los acreedores imponen condiciones
a los deudores. Igualmente deben desarmarse todas las condicionalidades
cruzadas, las que, cual una telaraña construida y controlada por los
organismos multilaterales de crédito y los países ricos, tienen presos
a los países endeudados. Téngase presente que las inequidades en las
relaciones económicas internacionales han sido también causantes de la
propia incertidumbre financiera.[19]
Uno de los capítulos medulares, que
debería contemplarse en este Tribunal, y por cierto en el Código
Financiero Internacional, será el de la legalidad y la legitimidad de
las actividades financieras. Es preciso separar las deudas adquiridas
legal y legítimamente, que pueden ser pagadas, de aquellas deudas que
pueden y deben ser impugnadas a partir de la doctrina de las deudas
odiosas, usurarias y corruptas. El descubrimiento de aquellas deudas
odiosas, es decir contratadas en contra del interés de los
habitantes de un país, normalmente
por gobiernos dictatoriales, no sólo conduciría a la suspensión de su
pago, sino que podría constituirse en una barrera para prevenir
aventuras dictatoriales. Para empezar esta tarea nada mejor que una
auditoria con amplia participación y control de la ciudadanía.
En dicho Código, dentro de los temas
vinculados al endeudamiento externo, también deberían considerarse
aquellos elementos susceptibles de prohibición y sanción: cláusulas
ilícitas, vicios de consentimiento, anatocismo, gastos y comisiones
desproporcionados cubiertas por los deudores sin control alguno,
operaciones simuladas, colusión dolosa, deudas “estatizadas” o
“socializadas”, etc. Transparencia y acceso universal a la
información son mecanismos que deben estar presentes en todo tipo de
negociación financiera, tanto como mecanismos que aseguren el respeto a
la Naturaleza. Entonces, el procesamiento de la deuda
ecológica e incluso de la deuda histórica, en la que los países pobres
son los acreedores, no puede ser marginado.
En este punto también asoma como
necesario el establecimiento de cláusulas de contingencia en los
instrumentos rígidos de créditos. Si históricamente se sabe que las
caídas en los precios de las materias primas, el alza en las tasa de
interés y el cierre del flujo crediticio es lo que precipita una crisis
de pagos, se entiende que las crisis de deuda son, en realidad, crisis
por falta de ingresos que se expresan en una incapacidad de pagar
deudas externas. Sería conveniente, entonces, disponer de una cláusula
que explicite la posible suspensión del pago (y cobro) de las deudas,
cuando los ingresos por exportaciones tuvieran una contracción por
efecto de un problema ajeno a la economía nacional del deudor. Esta
sería una forma de evitar traumas a todos los actores y al mismo
tiempo abriría la puerta a la posibilidad de un retiro ordenado y a
tiempo, antes de que una debacle económica y social sea la antesala de
una moratoria forzada de la deuda externa.
Las causales de
cesación de pagos deben quedar establecidas de forma que los casos de
fuerza mayor sean tratados de un modo distinto que los casos de mala
administración. En el comercio internacional existen cláusulas de
salvaguardia en caso de incumplimiento que se ventilan en el Tribunal
Internacional de Arbitraje por la Cámara Internacional de Comercio de
París cuando se entra en disputa. Estas cláusulas tienen un criterio
de fuerza mayor para los incumplimientos de contratos de entrega de
bienes. No existe nada análogo para el sistema financiero
internacional. Hay que establecer en el Código este tipo de
situaciones. Y por cierto, habrá que pensar en cláusulas de acción
colectiva, que son aquellas por las que si una mayoría calificada de
acreedores bonistas está dispuesta a sentarse a negociar un acuerdo de
refinanciación, entonces la participación de todos los bonistas estaría
representado. Hay que cerrar definitivamente la puerta a los
especuladores.
Por otro lado,
cualquier arreglo no debe afectar las inversiones sociales y la
capacidad de recuperación del aparato productivo. De ninguna manera se
puede hipotecar el diseño y ejecución de las políticas económicas
nacionales como consecuencia de los esquemas de renegociación de deuda.
Así mismo, las rebajas en los saldos de la deuda deben ser directamente
proporcionales a las restricciones comerciales de los acreedores. Es
decir, a más barreras arancelarias en los países acreedores, más
desendeudamiento de su parte.
Hacia un nuevo sistema
económico internacional
El objetivo de estas tres
propuestas, formuladas en forma sintética, es la construcción de un
nuevo y sobre todo mejor sistema económico internacional. En concreto,
sobre estos tres pilares se puede empezar a diseñar un nuevo sistema
financiero y monetario mundial. Esto no se logrará con una simple
reforma interna del FMI y del Banco Mundial. Se precisa un nuevo
sistema que ayude a regular y normalizar otro proceso de globalización
sobre bases de solidaridad, reciprocidad y sustentabilidad.
Las finanzas deben estar al servicio
del aparato productivo, de un comercio mundial justo y sustentable, así
como de las demandas sociales de los pueblos de la tierra. Es
necesario desmontar la generación de riqueza financiera, sobre todo
especulativa. Se busca recuperar el aparato
productivo y de servicios, en el marco de un nuevo estilo de vida
sustentable, inspirado en el Buen Vivir.
Por cierto, en un esfuerzo de glocalización de
una estrategia de este tipo, serán necesarias medidas en todos los
ámbitos, sin descuidar el ámbito nacional, destinadas a viabilizar este
cambio estructural. Es indispensable una transformación profunda del
sistema bancario y del sistema bursátil en cada uno de los países. Los
bancos deben ser bancos y nada más que bancos, por lo tanto, no
deberían intervenir en actividades bursátiles. Por otro lado, se debe
limitar los instrumentos financieros del mercado de capitales que dan
espacio a la especulación y a las propias prácticas bursátiles que
incentivan el juego financiero de búsqueda de ganancias en el corto
plazo. Por igual se requiere profundas reformas tributarias, sobre
bases de equidad y profunda transparencia (inclusive con criterios
ecológicos), rescatando la justicia tributaria en su máxima expresión.
Otro error a ser evitado, es la aplicación de
políticas monetarias y cambiarias que impliquen una pérdida de
soberanía económica, como se da con la
dolarización de una economía, por ejemplo. Este tipo de decisiones
tienen una serie de efectos que rebasan el horizonte nacional,
ocasionando distorsiones que enrarecen las relaciones económicas con
los países vecinos. Este es un llamado a la utilización de la
política económica para corregir los desequilibrios y conseguir mayor
igualdad, llave de un futuro mejor. Cooperación regional y uso de las
herramientas disponibles son clave en este campo.
En complemento a los cambios radicales que
requiere el sistema financiero, habrá también que abordar otros campos.
Hay que normar las relaciones laborales, afectadas ahora también por la
creciente restricción a la movilidad de trabajadores, lo que permite
que los países ricos se beneficia de mano de obra barata y también
de personas altamente capacitadas cuando les conviene. Las disparidades
comerciales merecen una atención preferente: los términos de
intercambio son muchas veces negativos para los bienes primarios, el
proteccionismo afecta bienes manufacturados provenientes de los países
subdesarrollo, los servicios que generan valor son controlados
financiera y tecnológicamente por los países ricos. Esto implica
repensar íntegramente la Organización Mundial de Comercio (OMC).
En esta nueva situación, que
debe tender consecuentemente a la globalización del derecho, hay que
comenzar a pensar también en una institucionalidad ecológica adecuada
para dar respuesta a los retos internacionales en este campo. Dicha
institucionalidad tendrá que asumir, más temprano que tarde, los
Derechos de la Naturaleza como norma básica para reinstaurar la armonía
en la vida de los seres humanos con su entorno.
En este punto cobra fuerza la
propuesta del presidente boliviano, Evo Morales:
“Necesitamos una
Organización Mundial de Medio Ambiente y del Cambio Climático, a la
cual se subordinen organizaciones comerciales y financieras
multilaterales, para promover un modelo distinto de desarrollo,
amigable con la Naturaleza y que resuelva los graves problemas de la
pobreza. Esta organización tiene que contar con mecanismos efectivos de
implantación de programas, verificación y sanción, para garantizar el
cumplimiento de los acuerdos presentes y futuros... La humanidad es
capaz de salvar el planeta si recupera los principios de solidaridad,
complementariedad y armonía con la Naturaleza, en contraposición al
imperio de la competición, del lucro y del consumismo de los recursos
naturales”.
Esta Organización podría asumir las
tareas de superintendencia ambiental mundial. Conjuntamente con la
creación de esta Organización Mundial de Medio Ambiente y del Cambio
Climático se podría dar paso a la Declaración Universal de los Derechos
de la Naturaleza. Es relevante de cara al futuro, y también,
desde la política económica, pensar en la promoción de un patrón de
desarrollo que, por ejemplo, sea bajo en consumo de combustibles
fósiles y emisiones de CO2.
En paralelo habría que dar paso
al fortalecimiento de la Corte Penal Internacional,
para perseguir y sancionar todo tipo de delitos económicos y
financieros internacionales, incluyendo los ambientales.
Construir sistemas de indicadores de
riesgo propios, alejados de los perversos índices de riesgo-país, es
otra de las tareas a asumir. Sobre esto cuando ya hay varias
experiencias que merecer ser fortalecidas y replicadas, por el ejemplo
el “índice de riesgo-país alternativo” del Centro Latino Americano de
Ecología Social (CLAES), Uruguay. Estos nuevos indicadores constituyen
una gran oportunidad no sólo para denunciar las limitaciones y
falacias de los sistemas de “riesgo-país” dominantes, que recrean
permanentemente nuevas incertidumbres, sino que, al discutir
metodologías para calcular de otra manera y con renovados contenidos
otros índices de “riesgo-país”, se avanza en el diseño de nuevas
herramientas para intentar medir cuán lejos o cuán cerca estamos de la
construcción democrática de sociedades democráticas y sustentables. Esto es, en sí, una
demostración palpable de como la crítica puede dar un salto cualitativo
al abrir la puerta al diseño de propuestas viables y renovadoras.
Para impulsar esta iniciativa
desde una perspectiva global, se requieren instituciones globales
-siempre con adecuados mecanismos de control democrático y
participativo-. Sin embargo, tal como se lo ha señalado a lo largo de
esta reflexión, estas instituciones pueden surgir inicialmente desde lo
regional y por cierto también respaldadas desde los ámbitos nacionales
y locales. Incluso para diseñar respuestas regionales es preciso tener
claridad en el horizonte global.
El objeto de esta estratégica,
apenas esbozada, es el Buen Vivir de la población, de toda la población
de la tierra; así de fácil y así de difícil.-
Bibliografía
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Corporación Editora Nacional, Quito, 2005.
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global, y el tribunal internacional de arbitraje de deuda soberana, en
Acosta, Alberto y Falconí, Fander (editores); Asedios a lo imposible –
Propuestas económicas en construcción, ILDIS-FES y FLACSO, Quito, 2005.
(Nota: sobre este tema hay varias publicaciones de los autores).
Nota: Dejo constancia de mi agradecimiento por los
valiosos aportes recibidos de varias personas para completar la
elaboración de este texto: Ana Esther Ceceña, Esperanza Martínez, Jorge
Marchini, Jürgen Kaiser, Hugo Jácome, José María Tortosa, Alexander Schubert, Alfredo
Serrano, Oscar Ugarteche, Jaime Atienza, Alberto Acosta Burneo. Por
cierto asumo totalmente la responsabilidad de lo
expuesto en estas líneas.
Economista. Profesor e
investigador de la FLACSO. Consultor internacional. Ex-ministro de
Energía y Minas. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente.
Las tendencias
monopólicas pueden salir fortalecidas. La concentración de riqueza en
pocas manos o países puede aumentar. Véase, por ejemplo, como las
empresas chinas “han salido de compras” por el mundo; aprovechando sus
cuantiosas reservas en Bonos del Tesoro norteamericano, han empezado a
comprar cada vez más diversos activos, como son los yacimientos
mineros. China se perfila ya como una potencia en ascenso, empeñada en
aprovechar de dichas reservas y su potencial económico emergente para
conseguir una mayor presencia en los organismos multilaterales (este
país ya es socio del BID). Las estructuras políticas, incluso, podrían
ser cada vez más propensas al autoritarismo… El saldo sería la
consolidación de una suerte de Edad Media de alta tecnología, con
profundas inequidades congeladas en el tiempo y en el espacio, tal como
lo plantea el autor de estas líneas en Desarrollo Glocal con la Amazonía en la mira (2005).
El mundo, particularmente las sociedades de
los países ricos y las élites de los países subdesarrollados, debe
transitar aceleradamente del consumismo desenfrenado a un consumo
social y ambientalmente responsable.
A más de
impulsar otra filosofía en la relación con la Naturaleza, es preciso
privilegiar el valor de uso sobre el valor de cambio. La
mercantilización de todas las relaciones económicas es una aberración,
mucho más si se trata de las relaciones sociales. En esta línea de reflexión,
transformando a la crisis en una oportunidad de cambio, en un proceso
de democracia continuada, habrá que rescatar lo público y la
multiculturalidad.
Una posibilidad cada
vez más distante, en la medida que se conoce cada vez más sobre la
magnitud de la crisis en las economías de los países centrales,
particularmente.
La opción de una
“refundación ética del capitalismo” (Nicolás Sarkozy), no es la opción
para superar "un sistema de valores, un modelo de existencia, una
civilización: la civilización de la desigualdad", como definía al
capitalismo el economista austríaco Joseph Schumpeter. Que quede claro
al capitalismo no hay como humanizarlo, ni tampoco es viable un
capitalismo ecologista.
El BID, incluso, habría registrado pérdidas
por casi 2 mil millones de dólares al haber comprado valores “tóxicos”,
es decir, por especular…
[8] Es necesario avanzar en un verdadero sistema democrático
de toma de decisiones, donde todos los países independientemente de sus
reservas monetarias y sus aportes económicos a las instituciones
internacionales, tengan el mismo peso en las decisiones, un país un
voto.
[9] Recuérdese que, con todas las críticas que se
le puede hacer, existe el Código de Comercio Internacional elaborado a
través de la UNCITRAL /CNUDMI (United Nations Commission on
International Trade Law o Comisión de las Naciones Unidas para el
Derecho Mercantil Internacional), que cuenta con varios componentes
consensuados y uniformes.
En la reunión del
G-20, en Londres, como disposición estrella, como si fuera el invento
del siglo, se sancionó discursivamente a los paraísos fiscales buscando
blanquearlos. Algo que ya se había pedido desde hace tiempo, ahora se
presenta como una panacea para los problemas económicos mundiales. A
pesar de esa declaración, nada se dijo sobre el control trasnacional de
las finanzas.
“La protección de las libertades, el
otorgamiento de igualdad ante la ley, y el aseguramiento de la paz
social ya no pueden ser garantizados o
comprendidos sólo como resultado del accionar de los sistemas jurídicos
nacionales. Menos aún, cuando en muchos casos, parte sustantiva de estos derechos no ha sido materializada en el propio
ámbito nacional.” (Alexander Schubert)
El gobernador
del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, ha planteado la creación de
una moneda de reserva supranacional como parte de la reforma del
sistema financiero y monetario mundial.
El SDR es un
activo (una suerte de moneda de cuenta internacional), que fue creado
por el FMI en 1969. Sólo lo usan los gobiernos y los organismos
multilaterales.
Se podría recuperar alguna de las ideas de J. M.
Keynes, que estuvieron presentes en las discusiones de Bretton Woods;
por ejemplo, crear una divisa global de referencia anclada, con
estrechos márgenes, en los precios de una veintena de productos básicos
esenciales para la humanidad.
El pedido de
reformar las instancias de control y gobernanza global está presente en
los gobiernos de los países más poderosos. "La reforma de la gobernación mundial
no es una opción. Se trata de una necesidad, una urgencia”, reconoció a
fines del 2008 el presidente francés Nicolás Sarkozy.
Un comentario
al margen: sorprende, por decir lo menos, la facilidad y rapidez con la
que fluyeron billones de dólares para salvar a los banqueros en los
países desarrollados, sin respetar los antes tan promocionados
equilibrios macroeconómicos. Con
seguridad, con el volumen de recursos gastados en este salvataje
bancario se podía haber erradicado el hambre en el mundo…
Ver las reflexiones de Ricardo Moreno Simarro
y Alberto Moreno Soler, por ejemplo.
El Club de París, que carece de base jurídica
alguna, debe dejar de ser un instrumento de presión y chantaje de los
países acreedores.
En este punto, a modo de una
sugerencia puntual, valdría reflexionar sobre la pertinencia de una
suerte de moratoria de las deudas externas sin condicionalidad alguna,
al menos para los países empobrecidos, tal como se instrumentó en los
años treinta del siglo pasado: la conocida como moratoria Hoover. Tras
el estallido de la crisis económica de fines de los años veinte en el
siglo XX, el presidente norteamericano Herbert Hoover, convencido por
los expertos económicos de que un factor decisivo de la crisis había
sido el complejo problema de los pagos de reparaciones y deudas de
guerra, propuso posponer por el plazo inicialmente de un año (1931) el
pago de todas las deudas intergubernamentales. Por más que se amplió en
un año adicional el plazo, fue una decisión adoptada aislada y
tardíamente, que no logró revertir la avalancha de la gran depresión.
“Por lo tanto es necesario implantar
una regulación social que debe ser construida como una política. Bajo
esta perspectiva, la política ambiental se asemejaría, por ejemplo, a
lo que se espera en el terreno de la educación o la salud pública. No
se puede generar una política ambiental dependiente de la rentabilidad
de cada emprendimiento, sino que se la construye en atención a metas y
compromisos sociales compartidos y que deben ser cumplidos
independientemente de su costo. Esos objetivos no están en generar
beneficios económicos sino en asegurar la calidad del entorno y la
conservación de la biodiversidad. Por lo tanto, la actual crisis debe
ser entendida como una oportunidad para recuperar esta discusión y
avanzar al fortalecimiento de esa dimensión política del debate
ecológico en América Latina.” (Eduardo Gudynas)
Esta es una de las taras que desaparecerá
quizás sólo cuando se haya superado el sistema capitalista. Ya Carlos
Marx, en el capítulo 25, sobre Crédito y Capital Ficticio, en el tercer
tomo de El Capital, reconocía la vinculación estrecha entre negocio y
especulación. Marx recoge una cita decidora de J. W. Gilbart (The
History an Principles of Banking, 1834): “Todo lo que facilita el
negocio, facilita la especulación, los dos en muchos casos están tan
interrelacionados, que es difícil decir, dónde termina el negocio y
empieza la especulación”.
El presidente Evo Morales escribió, en
noviembre del 2008, una carta abierta a la Convención de la ONU sobre
cambios climáticos en Polonia.
“Estamos también aprendiendo a organizarnos y
a movilizarnos desde esa misma perspectiva: produciendo ya nuestras
propias formas de existencia social, liberadas de dominación, de
discriminación racista/etnicista/sexista; produciendo nuevas formas de
comunidad, como nuestra principal forma de autoridad política;
produciendo libertad y autonomía para cada individuo, como una
expresión de la diversidad social y de la solidaridad; decidiendo
democráticamente lo que necesitamos y queremos producir; acudiendo a y
usando los máximos niveles de la tecnología para producir los bienes y
valores que necesitemos; expandiendo la
reciprocidad en la distribución de trabajo, de productos, de servicios;
produciendo desde ese piso social la ética social alternativa a la del
mercado y del lucro colonial/capitalista. Eso
es lo que significa la producción democrática de una sociedad democrática.” (Aníbal
Quijano)
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