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Emiliano
Castillo Jara
“El
megaproyecto eólico financiado por el Banco Mundial y desarrollado
por empresas trasnacionales como Iberdrola, Acciona, Unión Fenosa, y
Gamesa busca consolidar el proceso de integración energética en
Mesoamérica mediante el suminsitro de energía eléctrica a empresas
privadas bajo esquemas de comercio de emisiones de CO2 como el
Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL). En este tenor, gran parte de la
electricidad generada por el megaproyecto eólico es para consumo
privado y no para la población del Istmo de Tehuantepec.”
En un contexto global
caracterizado por el incremento de los fenómenos asociados al cambio
climático, el uso de tecnologías en energías “limpias” se
presenta como la solución óptima para disminuir la emisión de
gases de efecto invernadero; sustituir el uso de los combustibles
fósiles; y garantizar el servicio de energía eléctrica a la
población más pobre del mundo.
No obstante, el discurso
de promoción a las energías alternativas suele ocultar los
intereses en juego y los impactos negativos de su desarrollo. Este es
el caso de las afectaciones sociales y ambientales de las centrales
eólicas a gran escala que integran el megaproyecto Corredor Eólico
del Istmo de Tehuantepec, localizado en el estado de Oaxaca en
México, donde existe uno de los mayores potenciales de generación
de energía eólica a nivel mundial, y habitan diversos pueblos
indígenas.
El megaproyecto eólico
financiado por el Banco Mundial y desarrollado por empresas
trasnacionales como Iberdrola, Acciona, Unión Fenosa, y Gamesa busca
consolidar el proceso de integración energética en Mesoamérica
mediante el suminsitro de energía eléctrica a empresas privadas
bajo esquemas de comercio de emisiones de CO2 como el Mecanismo de
Desarrollo Limpio (MDL). En este tenor, gran parte de la electricidad
generada por el megaproyecto eólico es para consumo privado y no
para la población del Istmo de Tehuantepec.
La implementación del
Corredor Eólico ha signficado para México el incremento de su deuda
externa y dependencia tecnológica, así como una creciente
participación del sector privado en la generación de energía
eléctrica para el servicio público; actividad que de acuerdo con la
Constitución mexicana está reservada al Estado. Y es que el
Corredor Eólico está orientado más por la obtención de ganancias
en el corto plazo que por contribuir a solucionar el cambio
climático.
Por otro lado, la
construcción del megaproyecto eólico ha despojado de sus tierras a
comunidades indígenas y campesinas del Istmo de Tehuantepec mediante
de la firma de contratos de arrendamiento por 30 años que privatizan
los derechos de propiedad de la tierra; otorgan un pago mínimo por
hectárea; y no ofrecen información veraz sobre lo que sucederá con
los parques eólicos y la calidad de la tierra una vez que se termine
el contrato. En este sentido, una de las principales preocupaciones
de las comunidades es la pérdida o disminución de la capacidad
productiva de los terrenos donde se siembran cultivos agrícolas de
los que dependen.
Lo anterior ha generado
la oposición de diversos grupos como la Asamblea en Defensa de la
Tierra y el Territorio de Juchitán, que demandan la nulidad de los
contratos, la suspensión del megaproyecto eólico, y el desarrollo
de un proyecto eólico comunitario. Y es que el Corredor Eólico ha
significado la violación de derechos de los pueblos indígenas; un
conflicto con el gobierno mexicano y las empresas eólicas; la
exclusión y negación de la cultura de las comunidades ya que las
decisiones del megaproyecto están diseñadas de antemano; la
degeradación del medio ambiente; entre otros impactos.
En este sentido, la
expansión territorial de centrales eólicas a gran escala causa la
muerte de aves por colisión con turbinas eólicas debido a su
localización en una de las rutas migratorias de aves más
importantes de Mesoamérica; y la contaminación de mantos freáticos
y del suelo como resultado del derrame de litros de aceitei y
vertimiento de concreto empleado en la construcción de la
infraestructura eólica. Asimismo, afectan la calidad escénica del
paisaje; la salud de personas y otros seres vivos debido al ruido
mecánico y electromagnético producido por las turbinas eólicas; y
el medio ambiente como consecuencia de la generación de desechos
(cascajo, residuos de aceite, entre otros) y del retiro de la
infraestructura al final de su vida útil.
De esta manera, el
megaproyecto eólico provoca una distribución social y ambiental
desigual de los impactos ya que son las comunidades en sus
generaciones presentes y futuras quienes pagan los costos de la
producción de energía eólica, muchos de los cuales, no pueden ser
compensados económicamente. Ante esta situación, se requiere un
consenso social, en el que los grupos opositores al megaproyecto
eólico tengan una participación significativa en el diseño de
proyectos eólicos que garanticen la protección de derechos
colectivos; el acceso equitativo al suministro de electricidad; y la
calidad de vida de las personas y del medio ambiente de cara a los
desafíos del cambio climático global.
Emiliano
Castillo Jara
es Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad
Nacional Autónoma de México. Contacto:
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